México sigue exhibiendo a lo peor de su clase política,
gentes que creen que por tener un cargo público de importancia, o ser familiar
de alguien que lo tiene, ya Dios está obligado a pasar por alto sus pecados y
el pueblo contribuyente, los empleados, los que tienen que apegarse
estrictamente a un horario y producir, los que no pueden darse el lujo de
faltar al trabajo, simplemente admirarles, obedecerles o cuando menos no ponerles
un obstáculo, porque para eso son lo que son, los que deciden qué es delito y
qué no, los que diseñan la estructura legal sobre la que ha regirse un país,
por pésima y absurda que sea, y los que, a fin de cuentas, han de ser inmunes a
las leyes que ellos mismos diseñan.
